Acto 1.-    Prólogo
Un joven inglés, Lord Wilson y su sirviente John Bull, sorprendidos por una tormenta de arena durante su viaje por Egipto, se esconden en una pirámide antigua.
De repente, la luz débil y centellante de una antorcha prendida les revela algo que estuvo escondido por siglos a los ojos humanos: la figura majestuosa de un faraón sentado, unos frescos ininteligibles, pero asombrosos y muy atractivos en las paredes de la pirámide, entre los cuales Lord Wilson quedó especialmente sorprendido por la imagen de una bella joven.
 Lord Wilson había oído una leyenda de que esta pirámide contenía el sepulcro de la hija más querida de un gran faraón. El joven inglés quedó sobrecogido por una emoción inexplicable. Algo extraño ocurrió en medio de la danza de la luz centellante y la imaginación romántica del joven lo trasladó a tiempos lejanos, cuando los pies de esta hermosa joven tocaban la antigua y fascinante tierra de Egipto.
 Lord Wilson quedó inmóvil en el centro de la pirámide y las imágenes de la gente que vivía ahí en tiempos remotos lo arrastraron como un torbellino a un mundo muy lejano, intrigante, misterioso y lleno de belleza… En ese instante, como por arte de magia, Lord Wilson y su sirviente se convirtieron en egipcios. El primero fue llamado Ta Hór  y el segundo Pasifonte. 
Primera Escena: La Caza
 La antigua tierra de Egipto. El Faraón y su querida hija Aspicia lideran un grupo de cazadores y cazadoras que se lanzan tras sus presas. La caza siempre fue el entretenimiento predilecto de los Faraónes y el día de hoy iban a cazar gacelas y leones.
 Aspicia se separa del grupo en compañía de sus amigas cazadoras. En el calor del día ella decide detenerse y descansar.
Sus sirvientas le prepararon un lecho cómodo y ella con gran placer aceptó la amable atención de su parte. Al poco tiempo un sueño ligero dominó el cansado cuerpo de la bella Aspicia y la llevó a un fantástico  mundo de ilusiones.   De pronto, los sonidos encantadores de un instrumento musical desconocido comenzaron a sonar envolviendo la conciencia cansada de Aspicia.   
En ese momento, apareció delante de ella la imagen de un joven atractivo, vestido de manera extraordinaria y desconocida. Ella extendió sus manos hacia él y sintió el cálido tacto de Lord Wilson. Esta visión fue muy breve.
A lo lejos las trompetas empezaron a sonar y Aspicia despertó. 
 A su lado, estaba Ramcea, su sirviente y confidente favorita. La caza comenzaba de nuevo. Por todos lados se escuchaban los sonidos apasionantes de la cacería.

De repente, en frente de Aspicia aparecieron dos personas que no pertenecían al séquito del faraón, y Aspicia reconoce en uno de ellos al joven con el que había soñado. Lord Wilson – Ta Hór  - también queda muy conmovido por el encuentro con la hermosa joven, cuya imagen había encontrado pintada en la pared de la tumba.
Sus miradas se unieron por un momento que duró una eternidad. Los siglos y los instantes se encontraron. Aspicia, confundida, bajó sus ojos. Ta Hór  se acercó a ella y la tomó de la mano.
De pronto las trompetas comenzaron a sonar y Ta Hór  con su sirviente desaparecieron entre los árboles.
Un león acorralado rondaba entre los árboles y nadie osaba acercarse a éste para matarlo. De pronto, el león se encontró frente a frente con Aspicia, pero el intrépido  Ta Hór  logra derribar al feroz león con un tiro oportuno de su arco. El león cae al suelo abatido. Aspicia, inconciente, queda en manos de Ta Hór .
Las trompetas anuncian la llegada del Faraón. Al ver a su hija en manos de un desconocido, el Faraón ordena encadenar a Ta Hór, pero Aspicia vuelve en sí y cuenta a su padre que el joven que había mandado a encadenar la había salvado de las garras de la muerte. El Faraón queda impresionado por el heroísmo del joven y lo invita, junto a los demás a una fiesta en su palacio, donde el día de mañana se espera la llegada del Príncipe de Nubia, futuro esposo de Aspicia. Esta unión en matrimonio entre el Príncipe y la hija del Faraón será el signo de la amistad eterna entre Nubia y Egipto.
Segunda Escena: El Palacio
 Ni los sueños más atrevidos podrían superar lo que los ojos de Ta Hór  han divisado en el palacio del Faraón. En ningún lugar del mundo había visto tanta diversidad de colores, adornos y decoraciones finas y delicadas. Sin embargo, no era eso lo que ansiaba el joven. Era la hermosa Aspicia el anhelado objeto de sus sueños… Y ella estaba ahí.  En el silencio profundo e infinito del jardín del palacio, las flores exhalaban su fino aroma. Sus miradas se unieron mientras sus corazones se llenaban de amor…
Pero el día de mañana Aspicia será entregada al Príncipe de Nubia.
La mañana del día siguiente en el palacio. El Faraón y su séquito reciben con gran esplendor al Príncipe de Nubia.
 Comienzan los bailes festivos y la ceremonia de entrega de ofrendas.
El Príncipe de Nubia está impaciente por ver a su prometida Aspicia.
Ta Hór  está muy preocupado. ¿Qué ocurrirá? ¿Qué les espera en el futuro? Estas interrogantes lo desesperan.            
En ese instante, rodeada de sus amigas y amigos, como una estrella luminosa aparece Aspicia. Ella es muy hermosa. El Príncipe de Nubia se rinde ante la  belleza de la joven egipcia. La hija del Faraón encerraba todo: majestuosidad y ternura, una dulzura frágil, misterio y encanto  infinito. Ta Hór  se queda maravillado de la belleza de su amada.
 Pero solo el Príncipe de Nubia puede expresar abiertamente sus sentimientos hacia ella.
El amor de Aspicia y Ta Hor es tan fuerte que solo su baile apasionado como un torbellino salvaje puede reflejar la profundidad del sentimiento que los une. ¿Qué  pueden hacer? Ta Hór  solo ve una salida: la fuga! Apenas Aspicia escucha a Ta Hor pronunciar la palabra “fuga”,  está dispuesta a seguirlo a donde sea…
Cuando el Faraón se entera de la huida de su hija, entra en furia.
El Príncipe de Nubia y sus guardias inician la persecución de los fugitivos.
II АCТO Tercera escena: La Cabaña del Pescador
Los fugitivos encontraron un refugio en la cabaña de la familia de un Pescador.  La pureza de los sentimientos, la euforia y la felicidad de los jóvenes enamorados contagian a los presentes con un sentimiento de compasión y alegría. Unos amigos del pescador los visitan, y el encuentro se convierte en una fiesta de alegría y juventud.
Finalmente, los pescadores se van de pesca nocturna, mientras que Ta Hór  y su sirviente los acompañan.
 Aspicia se queda a solas, melancólica. Inesperadamente, alguien toca fuertemente la puerta de la cabaña y entra un hombre alto. En él, Aspicia reconoce a su prometido, el Príncipe de Nubia.
El Príncipe declara que vino a llevársela consigo y que no pretende perderla, ni va a permitir que un rival se la lleve. Aspicia le suplica y le ruega que se aleje de ella, diciéndole que nunca va a amarlo y nunca va a pertenecerle. Esta confesión sincera de Aspicia cambia la ternura del príncipe por la rabia. Consumido por la ira él se lanza hacia Aspicia, para apresarla.
Ta Hór  y su sirviente Pasifonte entran a la cabaña pero inmediatamente son capturados por los iracundos guardias del Príncipe de Nubia y llevados al palacio del Faraón.
Entonces Aspicia, despidiéndose en su mente de todo aquello que mas quiso en el mundo, desolada se lanza al río Nilo.  
 Cuarta escena: El mundo subacuático del río Nilo
Las aguas agitadas del río Nilo reciben a Aspicia  en  sus  brazos.  Las  divinas  Náyades (Ninfas del río) reciben a Aspicia y la llevan a su soberano, el Dios del Nilo, majestuoso dueño del mundo subacuático del río. Éste la recibe con mucho cariño,  reconociendo en ella a la hija del Faraón. Sin embargo, Aspicia sueña solo con ver de nuevo a su amado. Narra su triste historia a los habitantes de las aguas profundas del río  y suplica al Dios de este enigmático mundo devolverla a la tierra. El Dios del reino acuático se encariña con la bella princesa, pero su piedad y generosidad han superado el deseo de retenerla en sus aposentos. Con mucha pena y tristeza él cumple el deseo de la joven egipcia.
Quinta escena: El Templo
Ta Hór  en el calabozo, lucha como una fiera con sus cadenas. ¿Dónde está Aspicia y que le estará pasando?  Él no le teme a la muerte, pero ¿Qué ha sucedido con su amada?
El Príncipe de Nubia no dijo nada al Faraón sobre la suerte de su hija. Está atormentado por los celos y su deseo de venganza.
El Faraón le exige a Ta Hór  que le indique el lugar en el que se ha ocultado su hija. Pero Ta Hór  también quisiera conocer lo mismo.
En la Plaza frente a un templo sagrado, delante de los ojos de Ta Hór  y Ramcea, fiel sirviente de la hija de faraón, ejecutan a un esclavo que ayudó a huir a los enamorados.  Al poco tiempo les espera el mismo destino.
De pronto todo se queda inmóvil. Una música extraña y, hasta entonces, desconocida, pero divina y maravillosa empieza a sonar. Como un hada, de una nube de pétalos, aparece Aspicia sana y salva.
 Todo comienza a moverse. La alegría del Faraón es infinita. Aspicia relata su trágica historia a su padre.
El Faraón, enojado, insiste en que el Príncipe de Nubia deje su palacio inmediatamente.
El amor sincero y abnegado de Aspicia libera de las cadenas a todos sus amigos y su querido Ta Hór .
El Faraón, conmovido por el relato de su hija, une las manos de los enamorados
Ta Hór  y Aspicia quedan a solas. Los sonidos encantadores de la música que empieza  a sonar son tan divinos como los sentimientos de los enamorados de una profundidad cósmica.
La magia de la música entra en cada célula de sus corazones, como el rocío de la mañana que humedece la tierra incinerada por los rayos abrasadores del sol ardiente. Esta música hechizada suena por un largo tiempo hasta convertirse en un silencio estridente de la eternidad.

Viviana Gutiérrez & Juan carlos Pi

Diana Silva

Diana Silva

La Hija del Faraon